Página inicial > FSM/WSF 2015 - TUNIS > El hombre blanco en aquella foto

El hombre blanco en aquella foto

terça-feira 27 de outubro de 2015, por , Ricccardo Gazzaniga Alexa Combs Dieffenbach Almerinda Bento

Todas as versões desta matéria: [English] [Español] [italiano] [Português do Brasil]

As John Carlos said, “If we were getting beat up, Peter was facing an entire country and suffering alone.”

La fotografía, a veces, engaña.

Tomemos, por ejemplo, esta imagen que cuenta el gesto de rebelión de Tommie Smith y John Carlos el día de la premiación de los 200 metros en las olimpiadas de Ciudad de México, y me engañó un montón de veces.

La he mirado siempre concentrándome sobre los dos hombres negros descalzos, con la cabeza gacha y el puño envuelto en un guante negro que apunta al cielo, mientras suena el himno estadunidense. Un gran gesto simbólico para reivindicar la lucha por los derechos de la población afroamericana en un año cargado de tragedias, como el asesinato de Martin Luther King y Bob Kennedy.

Es la foto de un gesto histórico de dos hombres de color. Por eso no me había detenido a observar demasiado a aquel hombre, blanco como yo, inmóvil sobre el podio del segundo lugar.


Peter Norman

La consideraba una presencia casual, una comparsa, una especie de intruso. De hecho, creía que aquel tipo –debería ser un melindroso inglés—representaba, en un fría inmovilidad, la resistencia al cambio que Smith y Carlos invocaban con su grito silencioso.

Pero fui engañado. Gracias a un viejo artículo de Gianni Mura, hoy descubrí la verdad, aquel hombre blanco en la foto es, quizá, el héroe más grande que emergió aquella noche del 1968.

Se llamaba Peter Norman, era australiano y llegó a la final de los 200 metros después de haber logrado un fantástico 20.22 en la semifinal. Solo dos estadunidenses Tommie “El Jet” Smith y John Carlos habían logrado un mejor tiempo: 20.14 el primero, 20.12 el segundo.

La victoria, sin duda, se definiría entre ellos dos, Norman era un desconocido a quién, en el mejor de los casos, le habían salido bien las cosas hasta ese momento.

John Carlos, años después, dijo que aquella noche se había preguntado de donde había salido aquel blanquillo. Un hombre de un metro 68 que corría tan veloz como Smith y él, que superaban, ambos, el metro y noventa.

Llegó el momento de la final y el outsider Peter Norman hizo la carrera de su vida. Cerró en 20.06, su mejor tiempo y el récord australiano aún vigente a 47 años de distancia.

Pero no bastó, porque Tommie Smith era realmente “El Jet” y respondió implantando un récord mundial. Tiró el muro de los veinte segundos, el primero de la historia, al cerrar la carrera en 19.82 y se llevó el oro.

John Carlos llegó tercero por un pelo, detrás de la sorpresa Norman, el único blanco en medio de dos campeones de color.

Fue, en resumen, una carrera de antología.

Y sin embargo aquella carrera nunca será tan recordada como su premiación.

Smith y Carlos habían decidido poner frente a los ojos del mundo entero su batalla por los derechos humanos, y la voz había corrido ya entre los otros atletas.

Norman era un blanco y venía de Australia, un país que tenía leyes apartheid muy duras, casi como las de Sudáfrica. También en Australia había tensión y manifestaciones en plazas públicas por las pesadas restricciones contra los aborígenes, entre ellas las adopciones forzadas de bebes nativos a favor de familias de blancos.

Los dos atletas estadunidenses preguntaron a Norman si él creía en los derechos humanos. Norman respondió que sí.

Luego le preguntaron si creía en Dios y él, que tenía un pasado en el ejército de salvación, respondió nuevamente que sí.

–Sabíamos que íbamos a hacer algo mucho más allá allá de la competencia deportiva, y él nos dijo: ‘estoy con ustedes’ –recuerda John Carlos.

–Esperaba ver miedo en los ojos de Norman, y en cambio lo que encontré fue amor.

Smith y Carlos habían decidido subir al podio portando en su pecho el pin del “Proyecto Olímpico por los Derechos Humanos”, un movimiento de atletas solidarios con la batalla por la igualdad.

Tomarían las medallas descalzos, para representar la pobreza en la que vive la población de color. Y se pondrían los famosos guantes negros de piel, símbolo de la lucha de las Panteras Negras.

Pero antes de subir al podio se dieron cuenta que sólo tenían un par de guantes negros.

“Pónganse uno cada uno”, sugirió el corredor blanco y ellos aceptaron el consejo.

Pero Norman hizo algo más:

–Yo creo en eso en que ustedes creen. <Tienen uno de esos pines para mí? –dijo indicando el emblema del Proyecto Olímpico por los Derechos Humanos que colgaban ya de su pecho los dos atletas— Así puedo mostrar mi solidaridad con su causa.

Smith reconoció haberse sorprendido y pensó: “¿Qué le pasa a este blanco australiano? Ya ganó su medalla de planta, que la porte y basta”.

Así que le dijo que no, porque además no estaba dispuesto a salir a recibir la medalla sin el pin. Con ellos estaba Paul Hoffman, atleta estadunidense y activista del Proyecto Olímpico por los Derechos Humanos, que escuchó todo y pensó que “si un australiano blanco quería uno de esos pines, por dios, debía de tenerlo”. Hoffman no dudó: “Le di el único que tenía, el mío”.

Los tres salieron al campo y subieron al podio, el resto ya es historia gracias a la potencia de aquella foto.

–No pude ver lo que sucedía detrás de mí –contó Norman—pero entendí que las cosas habían salido como estaban programadas cuando una voz en la multitud comenzó a cantar el himno de los Estados Unidos y de pronto se calló. El estadio se quedó en completo silencio.

El jefe de la delegación estadunidense juró que sus atletas pagarían por toda la vida aquel gesto que nada tenía que ver con el deporte. Inmediatamente Smith y Carlos fueron excluidos del equipo y echados de la villa olímpica, mientras que Hoffman fue acusado también de conspiración.

De regreso a casa los dos velocistas recibieron amenazas de muerte y cargaron con pesadas repercusiones por su decisión.

Pero el tiempo, al final, le dio la razón y se convirtieron en paladines de la lucha por los derechos humanos. Fueron reincorporados al equipo estadunidense de atletismo como colaboradores y se les erigió una estatua en la Universidad de San José.


Tommie Smith., John Carlos, en la Universidad de San José

En esta estatua no está Peter Norman.

Aquel espacio vacío parece el epitafio de un héroe del que nadie se percató. Un atleta olvidado, eliminado en primer lugar de su país natal, Australia.

Cuatro años después de México 68, cuando se llevaron a cabo las Olimpiadas en Múnich, no fue convocado a la escuadra de velocistas australianos, a pesar de haber corrido en 13 ocasiones por debajo del tiempo de calificación de los 200 metros, y cinco veces por debajo de los 100.

Desilusionado por la situación dejó las competiciones atléticas, aunque continúo corriendo a nivel amateur.

En su patria, en la Australia blanca que se resistía al cambio, fue marginado, la familia desacreditada y el trabajo se volvió prácticamente imposible de encontrar. Dio clases de educación física, y continúo sus batallas como sindicalista, y ocasionalmente trabajó como carnicero. Una infortunada lesión se le gangrenó gravemente y tuvo problemas de depresión y alcoholismo.

Como dijo John Carlos: “Si a nosotros nos dieron una patada en el culo, Peter enfrentó a un país entero, y lo hizo solo”.

Por años Norman sólo tuvo una posibilidad para salvarse: fue invitado a condenar el gesto de rebeldía de sus compañeros Tommie Smith y John Carlos a cambio del perdón del sistema que lo había lanzado al ostracismo. El perdón le hubiera permitido encontrar un trabajo fijo a través del Comité Olímpico Australiano, e incluso formar parte de la organización de las olimpiadas de Sidney 2000, pero no lo hizo, jamás condenó la decisión de los dos atletas estadunidenses.

Es el más grande corredor australiano jamás visto, y detenta el récord de su país en los 200 metros, y sin embargo no fue invitado a la ceremonia de los juegos olímpicos en su país. Fue, en cambio, el comité olímpico estadunidense, una vez que se supo la noticia, quien le pidió integrarse a la delegación y lo invitó a la fiesta de cumpleaños del campeón Michael Johnson para quien Norman era un modelo heroico a seguir.

Norman murió de improviso por un ataque al corazón en el 2006, sin que su país lo hubiera jamás reconocido. En el funeral, Tommie Smith y John Carlos, amigos de Norman desde aquel lejano 1968, portaron el féretro en sus espaldas, despidiéndolo como un héroe.

“Peter fue un soldado solitario. Decidió conscientemente convertirse en el chivo expiatorio en el nombre de los derechos humanos. No hay otro como él al que Australia debería honorar, reconocer y apreciar”, dijo John Carlos

“Pagó el precio de su decisión –explicó Tommie Smith— No fue un simple gesto por ayudarnos a nosotros dos, fue su propia batalla. Fue un hombre blanco, un hombre blanco australiano entre dos hombres de color, de pie en el momento de la victoria, todos en el nombre de la misma cosa”.

Fue hasta el 2012 cuando el parlamento australiano aprobó una tardía declaración de disculpa con Peter Norman, para reintegrarlo a la historia con esas palabras:

“Este parlamento reconoce el extraordinario resultado atlético de Peter Norman, quien ganó la medalla de plata en los 200 metros en la ciudad de México, con un tiempo de 20.06, el récord australiano aún vigente”.

“Reconocemos el coraje de Peter Norman al portar el símbolo del Proyecto Olímpico por los Derechos Humanos al subir al podio, en solidaridad con Tommie Smith y John Carlos, quienes hicieron el saludo del ‘poder negro’”.

Se disculparon tardíamente con Peter Norman por el error que cometieron al no enviarlo a las olimpiadas de Mónaco en 1972, a pesar de que repetidamente logró la calificación, y reconocieron el rol potente que Peter Norman jugó en la búsqueda de la igualdad racial.

Pero tal vez las palabras que recuerdan mejor a Peter Norman son aquellas simples y sin embargo definitivas con que él mismo explicó las razones de su gesto, cuando fue entrevistado por su nieto Matt durante la grabación del documental “Salute”.

“No veo por qué un hombre negro no puede beber agua de la misma fuente, tomar el mismo autobús o estudiar en la misma escuela que un hombre blanco.
Es una injusticia social por la cual nada podía hacer desde donde estaba, pero ciertamente la detesto.
Se ha dicho que compartir la medalla de plata con lo que sucedió la noche de la premiación manchó mi actuación en la pista, pero es al contrario. Lo debo confesar, estoy muy orgulloso de haber formado parte de eso”.

Tommie Smith, John Carlos, Peter Norman


Ver online : Griot