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Unasur: Participación social, cultura y comunicación

domingo 3 de março de 2013, por Oswaldo Leon, ALAI,

El rescate de la memoria histórica, la construcción de identidades y
de sentidos y horizontes comunes son, entre otros, los desafíos que
colocan en la disputa cultural los procesos de integración de América latina. En este plano, uno de los espacios más importantes es el de la comunicación y
en ésta, el sistema mediático.

ALAI AMLATINA, 14/12/2012.- Bajo la consigna “del No al ALCA a la
Integración Regional”, el pasado 10 de octubre, Argentina fue
escenario de múltiples actividades promovidas por una diversidad de
actores políticos y sociales para conmemorar los siete años de la
histórica jornada que tuvo lugar en el balneario de Mar del Plata,
donde los pueblos y gobiernos latinoamericanos ponen punto final al
proyecto estratégico estadounidense de crear el Área de Libre Comercio
de las Américas (ALCA).

El No al ALCA constituye un parte aguas en el rumbo y el escenario
político de la región que se manifiesta en una mayor autonomía de los
países respecto a Washington y el consiguiente impulso a la
integración regional y a la autodeterminación. Expresión de esta
dinámica de reconexión con los intereses propios es la conformación de
la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y de la Comunidad de
Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC).

Un componente gravitante en este desenlace es la “Campaña Continental
contra el ALCA”, impulsada por una diversidad de movimientos sociales,
que en todos los países del continente logra tanto la confluencia de
una gama amplia de sectores económicos, políticos, sociales,
culturales y otros estamentos, como también desencadenar actividades
públicas de todo tipo y movilizaciones emblemáticas, y colocar en
agenda la demanda de avanzar hacia una integración popular y soberana.

Para Estados Unidos, entonces presidido por George Bush hijo, el ALCA
constituye el nuevo paso estratégico para consolidar la relación de
subordinación y dependencia que los gobernantes de ese país han
sostenido respecto a Latinoamérica y el Caribe a través de una
secuencia de doctrinas: desde la Monroe (“América Latina para los
americanos”), pasando por la del Panamericanismo, Gran Garrote, Buen
Vecino, Alianza para el Progreso, Seguridad Nacional, contención del
comunismo, hasta la del “libre comercio” (ALCA) (1) .

El descarrilamiento del ALCA no solo representa un golpe a los diseños
estratégicos de la potencia del Norte, sino también a las élites
criollas que permanentemente se han alineado con ella, y que en las
circunstancias su poder mediático resultó fallido ante una campaña
NoAlca que capitalizó la movilización, los espacios de reflexión, y
sobre todo la capilaridad que tienen los movimientos sociales en la
reconstrucción de sentidos.

Pero una cosa es reaccionar, movilizarse, ante una amenaza (el ALCA) y
otra muy distinta es asumir los retos que plantea el nuevo escenario
marcado por los procesos renovados de integración que demanda
iniciativas, propuestas, exigencias de participación social para que
tales procesos tengan perspectiva de futuro, pues la sola voluntad
política de los gobernantes no basta.

Claves culturales

Como el giro político que se registra en la región es expresión del
rechazo popular a las políticas neoliberales -cuyas promesas de
bienestar no solo que no se cumplieron sino que agudizaron la
desigualdad social-, los nuevos vientos de integración soplan más allá
del factor comercial para propiciar diálogos en términos de
cooperación y concertación política. En esta dinámica se inscribe la
Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) pues, como precisa Pedro
Sassone (2), sociólogo venezolano integrante de la Secretaría General
de este organismo, se trata de “un proceso de construcción a partir de
un diálogo político de entendimiento y confianza de los Estados frente
tanto a los grandes problemas estructurales que tiene Suramérica, como
a las grandes potencialidades y fortalezas. O sea, UNASUR es un
espacio de posibilidades, porque te da la posibilidad de que dentro de
la diversidad podamos construir un consenso, cosa que no es fácil, es
un proceso político complejo, pero cuando hay voluntad política se
encuentran los espacios de consenso”.

Tras señalar que “los procesos de integración no se consolidan en el
tiempo si no hay participación social”, reconoce que a UNASUR “le hace
falta ese componente esencial que la haga irreversible en el tiempo,
esa es la visión a largo plazo, que los sectores sociales, los medios
de comunicación y las comunidades asuman el proceso de integración. Es
un proceso a construir, y las construcciones se dan desde la
sociedad”.

A este proceso de integración, reconoce, “le falta un componente
social que lo haga irreversible en el tiempo, porque estos son
procesos que se van estructurando en el tiempo, no son cosas de corto
plazo, esa visión de largo plazo se podrá hacer realidad en la medida
que la sociedad, las comunidades, los sectores sociales, los medios de
comunicación también asuman el proceso de integración, que es un
proceso a construir, y las construcciones se dan desde la sociedad.
Por lo mismo, falta que desde los propios movimientos sociales
empiecen a surgir propuestas, iniciativas de participación, que pasen
a conformar consensos en la diversidad para construir sus agendas de
integración”.

Si bien el tema de la participación está contemplado desde la
constitución jurídica del organismo, no es sino hasta el pasado 30 de
noviembre, en la VI Cumbre realizada en Lima, Perú, que se traduce en
un mandato expreso. El punto 15 de la Declaración señala: “Que la
participación de los actores sociales es un aspecto sustantivo del
proceso de integración suramericana y fundamento de su Decisión de
crear un Foro de Participación Ciudadana de UNASUR como espacio
específico y propio, e instan a los Consejos Sectoriales, Grupos de
Trabajo y demás instancias de UNASUR a establecer, según su propia
especificidad y fines, mecanismos de difusión de sus actividades y de
recepción de sugerencias e iniciativas” (3).

El curso y contenidos que adquiera este mandato va a depender,
obviamente, de las fuerzas en presencia, pues bien puede ser abordado
con un sentido formal, cuando no instrumental, en tanto simplemente se
trataría de abrir espacios institucionales –necesarios por cierto-
para que entidades organizadas de la sociedad tengan la oportunidad de
decir su palabra, o bien con un sentido estratégico cuyo desafío pasa
porque la integración regional se convierta en un eje político
movilizador del campo popular.

Esto último es fácil decirlo, pero en la realidad se trata de una
tarea cuesta arriba pues lleva a confrontar marcos culturales,
ideológicos, sedimentados por siglos de dominación con las políticas
colonialistas e imperiales del “divide para vencer” que han
repercutido en indiferencia, animosidades, cuando no odios y hasta
xenofobia, incluso entre vecinos con raíces comunes distanciados por
fronteras artificiales. Esos estereotipos que subyacen en los
intersticios sociales donde la dominación reafirma su hegemonía, por
lo demás, muy marcada por la extranjerización cultural de nuestras
élites.

En una conversación sobre este tema, la filósofa e historiadora
venezolana Carmen Bohórquez (4), coordinadora de la Red de
Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad, sostiene: “no
solamente precisamos superar la dominación externa, sino también la
interna, lo cual pasa por la integración de nuestras sociedades, en el
sentido real de los términos… (asumiendo) que somos todavía un
archipiélago de pueblos que no hemos logrado integrarnos en un
proyecto colectivo común. No se trata de borrar la diferencia
cultural, porque creo que todos estamos orgullosos de nuestras raíces…
sino cómo lograr que esas memorias se unan y pasen a ser memoria de
todos”.

Hacia una agenda social de comunicación

El rescate de la memoria histórica, la construcción de identidades y
de sentidos y horizontes comunes son, entre otros, los desafíos que
colocan en la disputa cultural los procesos de integración. En este
plano, uno de los espacios más importantes es el de la comunicación y
en ésta, el sistema mediático. Un poder altamente concentrado y
patrimonialista, que ha pasado a ser el paladín de la oposición a los
vientos de cambio (ante el descalabro de los partidos de derecha), y
por tanto en puntal de los cuestionamientos a los procesos de
integración regional, presentando como única opción válida la
inserción a la globalización neoliberal.

De manera generalizada, la réplica se ha limitado a la denuncia o a la
contrainformación, que con ser necesarias resultan insuficientes,
siendo que el momento reclama definir agendas propias para dar impulso
a una comunicación contrahegemónica que, entre otras cosas, propicie
la construcción de relatos alternativos en la interacción con los
procesos organizativos sociales, lo cual pasa por rescatar el sentido
mismo de comunicación, que implica diálogo, hoy avasallado por la
lógica transmisiva imperante. Cuestión aún pendiente de debate en los
propios procesos de cambio.

Aunque todavía de manera embrionaria, están surgiendo propuestas, o
cuando menos señalamientos, para avanzar en la definición de una
agenda social de comunicación en la perspectiva de hacer efectiva una
integración con participación de los pueblos. Al respecto se destacan
tres ejes: medidas efectivas para democratizar la comunicación,
estrategias e iniciativas regionales de comunicación y la integración
de infraestructuras y compatibilidad de sistemas.

En la agenda pública de prácticamente todos los países de Suramérica
se ha instalado el tema de la democratización de la comunicación que
hasta hace poco estaba condenado al ostracismo(5), teniendo como
epicentro la disputa por el establecimiento de normativas cuando menos
para el campo mediático. Este tema que antes estaba circunscrito a
actores vinculados a esta actividad (particularmente medios
alternativos y populares), cada vez más es asumido socialmente o
cuando menos por sectores sociales organizados, en tanto factor
estratégico para consolidar la democracia y profundizar los cambios
sociales.

En esta línea se inscribe el desafío de avanzar en términos
propositivos de cara a la integración regional, partiendo de la
exigencia de que en ella se incorpore a la comunicación como un eje
estratégico institucional y programático, ya que hasta ahora brilla
por su ausencia.

En cuanto a las estrategias e iniciativas regionales de comunicación,
cabe destacar que en el plano de medios públicos se registran avances
importantes por acuerdos que se vienen estableciendo entre agencias de
noticias, radios y TVs, como también por la creación de un medio
paradigmático como es Telesur. En el campo de la comunicación
alternativa y popular también hay voluntades que van en este sentido,
como es el caso del Enlace de Medios para la Democratización de la
Comunicación (http://enlacemedios.info/) que además de esta causa
asume como eje central los procesos de integración. Queda por
encontrar los caminos conducentes a entendimientos más amplios para
lograr un foro de movimientos de comunicación que potencie los debates
e intercambios necesarios para la formulación e implementación de
propuestas que permitan incidir en los espacios de participación, como
el que se ha abierto en UNASUR.

No menos importante es la integración de infraestructura y
compatibilidad de sistemas, pues ahí se pone en juego la soberanía
tecnológica respecto a un hecho central: el paso del mundo analógico
al digital. No se trata solamente de conectividad, sino de políticas
públicas para que estos nuevos recursos contribuyan a resolver viejos
problemas, como los relacionados a la concentración y monopolización,
propiciando una mayor pluralidad y diversidad para que la libertad de
expresión no continúe como un privilegio de pocos sino como un derecho
del conjunto de la sociedad.

En suma, siendo que hay una multiplicidad de fuerzas que le apuestan a
la integración -al tiempo que se multiplican las amenazas del vecino
del Norte, puesto que América Latina y el Caribe son considerados como
su principal reserva estratégica segura, con el obsecuente
alineamiento de que las élites criollas- ¿no será hora de reeditar la
confluencia que se alcanzó cuando la Campaña NoAlca, con los debidos
matices que marcan los tiempos, por cierto?

Notas:

1) Un pormenorizado relato de estas relaciones se encuentra en: Luis
Suárez Salazar, Madre América: Un siglo de violencia y dolor
(1898-1998), Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2006.

2) Intervención en el Seminario “Medios Sociales: enfoques
estratégicos en clave de integración”, organizado por ALAI, Quito, 21
– 24 de noviembre 2012.

3) Declaración: VI Reunión Ordinaria del Consejo de Jefas y Jefes de
Estado y de Gobierno de UNASUR,
http://alainet.org/active/60122&lang=es

4) Osvaldo León, “Entrevista a Carmen Bohórquez - somos todavía un
archipiélago de pueblos”, Bicentenarios: historia compartida, tareas
pendientes, América Latina en Movimiento, No 448, ALAI, septiembre
2009.

5) El simple planteamiento para que los conglomerados mediáticos abran
espacios para debatir sobre algo tan elemental como sus
responsabilidades democráticas no pasaba de ser un buen propósito.
Ahora, aunque en términos muy acotados y a regañadientes incluso los
propios medios hegemónicos se han visto forzados a abrir sus espacios
a este debate, pero su reacción se ha caracterizado sobre todo por una
línea propagandística con la muletilla de la defensa de la libertad de
expresión

* Este texto es parte de la revista América Latina en Movimiento
No.480-481, sobre el tema " Integración suramericana: Temas
estratégicos" (http://alainet.org/publica/480.phtml)


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